No fue creado por un paisajista y es en cambio la obra de dos amantes de las plantas y la jardinería:  Ramón Cabezas -primer dueño de El Paraíso- y  más tarde, Ana de Alvear de Mujica Lainez.

Recorrer sus senderos es entrar en un bosque encantado, añoso, lleno de sorpresas y recovecos, tal vez desordenado.

En cada estación el parque muestra su encanto y sus colores y vale la pena conocerlo, caminarlo. Hay que trepar por las escaleras bordeadas por  un enjambre del  verde de los arbustos y de los frutales, retamas, jazmines mandevilla, entrelazados a  alverjillas rosadas y las dalias que Mujica Lainez no quería y siguen reproduciéndose pese a su dicho de que “el que siembra una dalia obtendrá represalia”.

Quedan restos del enorme cañaveral, se han multiplicado los nenúfares en las fuentes y entre sus árboles se destaca el centenario Alcornoque que está en lo alto y el precioso Ciprés calvo en el  anfiteatro.

Eran famosas sus damascas, sus membrillos, sus castañas que se cocinaban en las brasas de las chimeneas y los dulces que regalaba el parque.

En un cantero, próximo al comedor está la planta de cedrón a la que cada noche se le cortaban hojas frescas para el te sanador del corazón. En ese mismo patio crece el tilo del que se almacenaban las flores tranquilizantes y en muchos sectores había lavandas infaltables en los roperos y la ropa blanca y las rosas de las pérgolas para los floreros.

Caminen en silencio por sus senderos y recuerden que por ellos también paseó el escritor.

 

 
     
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  fotografías: Aldo Sessa, Facundo de Zuviría, Pedro y Matías Roth, María Herrera Vegas y Pepe Lamarca