LA FILOSA IRONÍA DE MUJICA LAINEZ

Por Hugo Beccacece para LA NACION

Hay centenarios que inspiran respeto, pero también bostezos. En cambio, el de Manuel Mujica Lainez hace que, de modo inevitable, se recuerden con una sonrisa las anécdotas que lo tienen como protagonista y las frases de las que fue autor. Se le atribuyen a "Manucho" réplicas, desplantes y ocurrencias innumerables, que crecen de un modo apócrifo a medida que pasa el tiempo. Es que Mujica Lainez pertenecía a una época en la que los escritores no sólo se limitaban a trabajar de un modo endemoniado; además, eran personajes que parecían surgidos de sus propios libros. Vivían y trabajaban en estado literario. Y tanto el humor como la ironía fueron dos de los recursos que Mujica Lainez utilizó para seducir a sus lectores y enfrentar a la sociedad argentina.

A su producción escrita y publicada, habría que agregar la fuente muy poco explorada y vastísima de la correspondencia, en la que también desplegaba una mirada a menudo satírica para alegría de sus corresponsales. Mujica Lainez dedicaba parte de sus mañanas a contestar las cartas que recibía. En sus mensajes abundan el ingenio y el lirismo, a los que también acudía en declaraciones públicas. Por ejemplo, para describir el sentimiento que le había producido la prohibición de la ópera Bomarzo, de cuyo libreto era autor, empleó sólo dos palabras: "Absurda melancolía". Feliz y extraña combinación de adjetivo y sustantivo. A la gravedad de la "melancolía", el hecho de que sea "absurda" le da un toque de levedad misteriosa y una intención de burla política que apunta de un modo directo al gobierno de Onganía. La concisión de la "absurda melancolía" es, por otra parte, la de un poeta y tiene el efecto de una granada cuyas esquirlas se disparan en distintas direcciones y contribuyen a crear un clima de escéptica resignación. Mujica Lainez nunca se consideró un poeta, a pesar de que escribió poesías, muchas de ellas de circunstancias. Tenía una facilidad deslumbrante y peligrosa para la versificación, pero la poesía más honda brotaba de su prosa, se filtraba en sus cuentos y en sus novelas, con un toque mordaz.

En una carta, fechada el 16 de julio de 1982, que envió desde Madrid al autor de este artículo, "Manucho" (tal como firma el mensaje) cuenta una larga estadía europea y anuncia su regreso a Buenos Aires de este modo: "[?] y yo, a principios de septiembre, estaré en Buenos Aires, para enfrentar una patria deshonrada y desmaradonada". El 4 de junio de ese año, Diego Armando Maradona había firmado su pase al club Barcelona por 1200 millones de pesetas y, diez días después, el 14 de junio, el general Menéndez se había rendido a las fuerzas británicas para dar fin, de ese modo, a la Guerra de las Malvinas. Otra vez, la economía verbal (una sola palabra, "desmaradonada") le permite a Mujica Lainez ejercer un humor cruel, desesperanzado y casi macabro, que denuncia, por una parte, la situación humillante del país, así como la frivolidad de los gobernantes, los gobernados y los medios, que lloraban al mismo tiempo una tragedia nacional como la aventura temeraria de las Malvinas, y un negocio futbolístico, que nos arrancaba al joven dios de los pies de oro manchados de barro. El peso dramático de "deshonrada" está compensado por la banalidad de "desmaradonada". Además, es imposible no asociar auditivamente "desmaradonada" con la patria "desmoronada". El contrato de Maradona era vivido como una derrota por el pueblo dolido, desamparado, al que le habían quitado a la vez las islas fugazmente recuperadas y al ídolo de las canchas, porque Maradona (y, en eso, "Manucho" se anticipó casi en treinta años a los acontecimientos) ya entonces representaba la "patria" para millones de personas. Y la "patria" de doradas piernas había sido entregada. Con todo, el autor de La casa no debe de haber previsto que Dieguito fuera a convertirse en un ícono cultural, dignidad que el escritor jamás alcanzó.

A partir de Bomarzo, Mujica Lainez se entregó con pertinacia a las novelas de tema histórico, que lo llevaban a documentarse de un modo obsesivo. Sin embargo, eso no le impedía desplegar su imaginación, por momentos delirante, en esas narraciones en que aparecían personajes de época. Hubo un caso en que se adelantó al cine internacional. Uno de sus libros, injustamente poco frecuentado, Crónicas reales, colección de cuentos encadenados, traza la historia, desde los reyes medievales hasta la aparición de los astronautas, de una imaginaria dinastía centroeuropea, los Von Orbs. El tono burlón y la ironía animan todas las páginas. Uno de esos relatos, "El vampiro", tiene como protagonista al barón Zappo XV von Orbs. Este, acosado por las necesidades económicas, acepta alquilar su castillo terrorífico a un productor inglés para filmar La bestia de Wurzburg, una película destinada a detallar las vicisitudes del señor de una imponente y siniestra residencia gótica (la propiedad de Zappo), un vampiro que codicia el cuello de una joven y bella muchacha. En cuanto la guionista del film conoce a Zappo XV, comprende que no puede haber mejor intérprete para el papel del vampiro que el propio Zappo. En realidad, no se equivoca, porque éste es de verdad un vampiro que se alimenta de sangre humana, con aspecto de tal, dientes afilados, pelo y piel verdes, etcétera. La guionista impone su criterio y el director se aviene, no de buen grado, a trabajar con un novato. Nada de lo que hace Zappo ante la cámara le parece creíble al director. El vampiro no es suficientemente vampiro para ese británico acostumbrado a los émulos de Bela Lugosi y Christopher Lee.

El libro de Mujica Lainez es de 1977. Veintitrés años después, en 2000, se estrenó La sombra del vampiro, dirigida por E. Elias Merhige, que cuenta en clave de parodia cómo se filmó Nosferatu, la célebre película muda de Murnau. El argumento de la película de Merhige se basa en un rumor. De acuerdo con él, Max Schreck, el actor que encarnó a Nosferatu en el clásico de Murnau, también era un vampiro de verdad, igual que el de "Manucho", y por cierto, tampoco lograba satisfacer del todo al director. Se trata de una curiosa y más que extraña coincidencia de trama y de tono entre un libro y una película: no recuerdo que se la haya señalado. Quizá Mujica Lainez utilizó los rumores que siempre corrieron acerca del supuesto vampirismo de Max Schreck para escribir su cuento, pero lo hizo mucho antes que el director Merhige y que el guionista Steve Katz. No sería del todo improbable que estos, por su parte, tuvieran noticias del relato de "Manucho".

En otro cuento de Crónicas reales, "El enamoradísimo", Mujica Lainez narra el casamiento de dos príncipes Von Orbs. Describe con augustos, suntuosos adjetivos la ceremonia nupcial y el desfile en carroza de los novios ante el pueblo, y cuenta cómo, de pronto, una flecha asesina logra la proeza de ensartar a la vez a la princesa y a su flamante esposo, lo que los convierte en viudos recíprocos e instantáneos. La reacción de los súbditos queda registrada con una imagen hilarante: "La muchedumbre gritó de terror, delante de la trágica brochette de príncipes". ¡Cuántas asociaciones despierta ese magnicidio de una pareja! ¿No sería un titular inolvidable de diario "Trágica brochette"?

El humor de Mujica Lainez casi siempre trascendía la mera "gracia". Hasta sus desplantes tenían un sentido más profundo. Hacia el final de una charla que mantuvieron él y Silvina Bullrich frente al público, debieron satisfacer la curiosidad de los asistentes al acto. Un señor, muy preocupado por la subsistencia de los conferencistas, vestidos con una elegancia impecable y costosa, les preguntó si los escritores podían vivir de la venta de sus libros. Silvina Bullrich dijo que, en general, eso no ocurría, salvo excepciones como las de ella y su compañero de mesa, cuyas obras eran best sellers. "Manucho" se volvió hacia Silvina con un gesto sobreactuado de asombro e indignación, y le aclaró: "Vos vivirás de tus libros. Yo vivo mucho mejor". La concurrencia estalló en una carcajada porque la agudeza de "Manucho" ponía de relieve las aspiraciones limitadas de quienes se entregaban a las actividades culturales en la Argentina, aun de aquellos que tenían éxito. Para un autor nacional, vivir de sus libros es vivir apenas de modo digno.

Leer a Mujica Lainez es un placer que se aviva con la relectura; tratarlo era asistir a una fiesta en la que no había, a diferencia de las fiestas comunes, nada efímero. Con inteligencia y astucia, sabía atemperar la lucidez de sus juicios, a veces dolorosos, con la piedad de una sonrisa. El humor era para él una forma de la nobleza y la verdad.

 

 
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